– ¿Sobre qué tema, señor?

Una pregunta que confirmó instantáneamente mis sospechas.

– Algo relacionado con la Segunda Guerra Mundial, inspector. Resulta que yo también había escrito algo sobre el tema.

– Comprendo. ¿Iba ella buscando ayuda, consejo, alguna cosa así?

Y fue entonces cuando mentí por completo.

– En modo alguno. No era de las personas que

pudieran necesitarla, puesto que, por lo que tengo entendido, estaba doctorada. Lo cierto, inspector, es que yo escribí un libro que tuvo bastante éxito, y cuya trama se desarrollaba durante la Segunda Guerra Mundial. Ella sólo quería conocerme. Me dijo que volaba mañana mismo de regreso a Estados Unidos.

El contenido del bolso y del maletín estaba sobre la mesa, junto al inspector, donde era evidente la presencia del billete de la Pan Am. Él lo tomó y asintió:

– Sí, eso es lo que parece. -¿Puedo marcharme ya? -Sí, desde luego. El policía le acompañará a su casa. -Salimos al vestíbulo y nos detuvimos ante la puerta. El inspector tosió, al tiempo que encendía otro cigarrillo-. Maldita lluvia. Supongo que el conductor de ese coche patinó. Pero, aunque hubiera sido un accidente, no debería haberse escapado. De todos modos, eso es algo que ya no podemos evitar, ¿no le parece?

– Buenas noches, inspector -le dije, bajando los escalones y subiendo al coche de la policía.

Había dejado la luz encendida en el vestíbulo. Al entrar, me dirigí directamente a la cocina, sin quitarme siquiera el impermeable, puse a calentar agua y luego regresé al salón. Me serví una copa de Bushmills y me volví hacia el fuego de la chimenea. Fue entonces cuando me di cuenta de que la carpeta que había dejado sobre la mesita de café había desaparecido. Durante un momento de desesperación, pensé que había cometido un error, que la habría dejado en alguna otra parte, pero aquello no era más que una tontería, claro.

Dejé la copa de whisky sobre la mesita y encendí un cigarrillo, pensando en lo ocurrido.



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