El hotel Europa, en Belfast, era legendario entre los periodistas procedentes de todo el mundo. Había sobrevivido a numerosos atentados terroristas con bombas efectuados por el IRA, y se alzaba en la Great Victoria Street, cerca de la estación de ferrocarril. Permanecí en mi habitación del octavo piso durante la mayor parte del día, esperando. Las cosas parecían estar muy tranquilas, pero era una calma tensa y a últimas horas de la tarde se escuchó el lejano retumbar del estallido de una bomba. Me asomé a la ventana y vi una nube de humo negro en la distancia.

Poco después de las seis, cuando ya se hacía de noche, decidí bajar al bar a tomar una copa, y me estaba poniendo ya la chaqueta cuando sonó el teléfono.

– ¿Señor Higgins? -preguntó una voz-. Aquí la recepción, señor. Su taxi le está esperando.

Era un taxi negro, del modelo londinense, y la conductora era una mujer de mediana edad, de rostro agradable, que tenía el aspecto de ser la tía favorita de cualquiera. Bajé el panel de cristal que nos separaba y le ofrecí el saludo habitual en Belfast.

– Le deseo buenas noches.

– Y yo a usted.

– No es habitual ver a una taxista, al menos en Londres.

– Un lugar terrible. ¿Qué se puede esperar? Y ahora quédese sentado tranquilamente, como un caballero, y disfrute del trayecto.

Ella cerró el panel con una sola mano. El viaje no duró más de diez minutos. Pasamos por Falls Road, una zona católica que recordaba bien de mi juventud, y nos metimos por una red de callejuelas laterales, deteniéndonos finalmente delante de una iglesia. La conductora abrió el panel de cristal.

– El primer confesionario a la derecha, entrando.

– Si usted lo dice…

Bajé del taxi y el vehículo se alejó al instante. El tablón de anuncios decía: «Iglesia del Santo Nombre», y estaba en condiciones sorprendentemente buenas, con los horarios de las misas y las confesiones indicados en pintura dorada.



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