Abrí la puerta que encontré en lo alto de los escalones y entré. No era una iglesia grande, y estaba débilmente iluminada, con velas encendidas parpadeando en el altar, y la Virgen en una capilla lateral. Instintivamente, introduje las puntas de los dedos en el agua bendita y tracé la señal de la cruz, recordando a la tía católica de South Armagh, quien me crió durante una temporada cuando no era más que un niño, y la pobre se sentía angustiada por mi desvalida, negra y pequeña alma de protestante.

Los confesionarios se hallaban alineados a un lado. Nadie esperaba, lo que no era sorprendente, ya que, según el tablón de anuncios del exterior aún faltaba una hora para que empezaran las confesiones. Entré en el primero de la derecha y cerré la puerta. Permanecí allí sentado durante un momento, en la oscuridad; luego, se abrió la rejilla.

– ¿Sí? -preguntó una voz con suavidad.

– Bendígame, padre, porque he pecado -dije automáticamente.

– Desde luego que ha pecado, hijo mío -dijo la voz.

En el otro habitáculo se encendió la luz y Liam Devlin me sonrió a través de la rejilla.

Tenía un aspecto notablemente bueno. De hecho, bastante mejor de lo que me había parecido la última vez que lo había visto. Tenía sesenta y siete, pero, como le había dicho a Ruth Cohén, bien llevados. Era un hombre bajo de estatura, con una vitalidad enorme, el cabello tan negro como siempre y unos vivaces ojos azules. En el lado izquierdo de la frente mostraba la cicatriz dejada por una vieja bala, y siempre aparecía en su lugar una ligera sonrisa irónica. Llevaba una sotana y alzacuello, y parecía sentirse perfectamente a gusto en la sacristía, al fondo de la iglesia, hacia donde me condujo.

– Tiene usted muy buen aspecto, hijo mío, con todo ese éxito y ese dinero -me dijo con una mueca burlona-. Beberemos a la salud de eso. Tiene que haber una botella por aquí.

Abrió un armario y encontró una botella de Bushmills y dos copas.



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