El piso situado en el número trece se hallaba al nivel de la calle. Mi agente me lo había prestado, tras obtenerlo de un primo que se había marchado seis meses a Nueva York. Era un tanto anticuado, pero cómodo, y a mí me venía muy bien. Yo estaba terminando una nueva novela y la mayoría de los días necesitaba acudir a la sala de lectura del Museo Británico.

Aquella tarde de noviembre, la tarde en que todo empezó, estaba lloviendo mucho. Poco después de las seis crucé las puertas de hierro y seguí el camino a través del bosque de monumentos góticos y lápidas. Tenía empapadas las hombreras de la gabardina, a pesar del paraguas, aunque eso no me importaba demasiado. A mí siempre me ha gustado la lluvia, la ciudad al anochecer, las calles húmedas perdiéndose en la oscuridad invernal, con la peculiar sensación de libertad que parecen contener. Y ese día las cosas habían salido bien en cuanto al trabajo, cuyo final estaba definitivamente próximo.

Ahora, el Ángel de la Muerte estaba más cercano, medio envuelto en sombras, a la media luz procedente de la iglesia, con los dos ayudantes de mármol montando guardia ante las puertas de bronce del mausoleo. Todo estaba como siempre, sólo que esta noche podría haber jurado que había una tercera figura que surgía de entre la oscuridad y avanzaba hacia mí.

Por un momento, sentí un escalofrío de verdadero miedo y luego, cuando la figura surgió a la luz, vi a una mujer joven, bastante pequeña, que llevaba una boina negra y una gabardina empapada. Sostenía un maletín en una mano. Su rostro era pálido, los ojos, oscuros, y la mirada era, de algún modo, ansiosa.

– ¿El señor Higgins? Es usted Jack Higgins, ¿verdad?

Era estadounidense, eso me pareció evidente. Respiré profundamente para tranquilizar mis nervios.

– En efecto. ¿Qué puedo hacer por usted?



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