– Tengo que hablar con usted, señor Higgins. ¿Podemos ir a alguna parte?

Vacilé, receloso, por toda clase de razones evidentes, de permitir que aquella situación llegara más lejos; y, sin embargo, me pareció que en aquella mujer había algo fuera de lo común. Algo a lo que uno no podía resistirse.

– Mi piso está situado al otro lado de la plaza -dije.

– Lo sé -asintió ella. Al ver que yo seguía vacilando, añadió-: No lo lamentará, créame. Tengo para usted una información de vital importancia.

– ¿Acerca de qué? -pregunté.

– De lo que ocurrió en realidad después de lo de Studley Constable. Oh, hay muchas cosas que usted no sabe.

Y eso fue más que suficiente. La tomé por el brazo y dije:

– Muy bien, protejámonos de esta condenada lluvia antes de que nos ahogue, y así podrá decirme a qué demonios viene todo esto.

El interior de la casa había cambiado muy poco y, desde luego, no había hecho nada en mi piso, donde el inquilino había vivido rodeado por una decoración victoriana, con muchos muebles de caoba, cortinas de terciopelo rojo en la ventana salediza y una especie de papel pintado chino, de colores dorado y verde, con profusión de pájaros. A excepción de los radiadores de la calefacción central, la única concesión a la vida moderna era una especie de fuego de gas en la chimenea que la hacía aparecer como si unos leños ardieran en una cesta de acero inoxidable.

– Es agradable -dijo la mujer volviéndose a mirarme. Pareció más pequeña de lo que había imaginado. Extendió la mano derecha de forma extraña, sosteniendo con firmeza el maletín con la otra mano-. Cohén -se presentó-. Ruth Cohén.

– Permítame esa gabardina -le dije-. La colocaré delante de uno de los radiadores.

– Gracias.

Trató de desatarse el cinturón con una sola mano y yo me eché a reír y le tomé el maletín.

– Permítame -dije, dejándolo sobre la mesa. Al hacerlo, vi sus iniciales grabadas en negro. La única diferencia era que, al final, decía: «Dra. en Fil.»-. ¿Doctora en filosofía? -pregunté.



3 из 253