
La invade una leve timidez ante la idea de convivir estrechamente con una mujer tan famosa. Elena la interrumpe:
– También está en tu cabaña Toña París.
Esta vez su asombro es aun mayor.
– ¿La actriz?
– Sí, la actriz -sonríe su anfitriona.
– Pero, Elena -exclama Floreana, admirada-, ¡tienes mujeres muy destacadas aquí!
– No es raro -responde Elena-, suelen ser las que están más tristes.
Todo es mínimo, suficiente y preciso.
Floreana se tiende sobre la colcha blanca tejida a crochet, con miles de diseños que alcanzan el suelo en ampulosos pliegues; es el único lujo, se dice tocándola. Observa su austero entorno. El techo es bajo y sobre las paredes de color castaño brilla el barniz que protege la madera. Aparte del ropero, solamente una cómoda, un velador, un estante de libros y la pequeña mesa con su silla. Se imagina sentada allí, escribiendo cartas o, si el ánimo la acompaña, corrigiendo su última investigación, ésa que ha devorado largas, eternas horas de su vida.
Desempacar no le tomó mucho tiempo. Le dio un toque personal a su dormitorio ordenando algunos libros en el estante y poniendo dos fotografías sobre la cómoda. Una es pequeña, en blanco y negro: un niño de tonos oscuros y mirada seria, muy parecido a ella. La otra, aprisionada en un antiguo marco de plata, muestra un numeroso grupo familiar: una pareja de cierta edad en un sillón, al centro, rodeada de un considerable número de adultos, hombres y mujeres, y varios niños, muchos en realidad, distribuidos a sus pies en el suelo. Un convencional retrato de familia. Floreana lo contempla; son todos fragmentos de una misma especie, representan la continuidad de tres generaciones. Lo que ella no desea recordar es una tercera fotografía que ha dejado dentro de la maleta. En un principio la extrajo junto a las demás: desde un liviano marco de madera, una mujer cuya edad podría fluctuar entre los treinta y los treinta y cinco años -un poco más joven que ella misma-, de pelo ensombrecido y con una bonita sonrisa de dientes perfectos, observa a Floreana con ojos que la miran y no la ven.
