— Pero yo no conozco los castillos de las tierras de donde ellos vienen — replicó el muchacho.

— Esos hombres, cuando conocen nuestros campos y nuestras mujeres, dicen que les gustaría vivir siempre aquí — continuó el padre.

— Quiero conocer a las mujeres y las tierras de donde ellos vinieron — dijo el chico —, porque ellos nunca se quedan por aquí.

— Los hombres traen el bolsillo lleno de dinero — insistió el padre —. Entre nosotros, sólo los pastores viajan.

— Entonces seré pastor.

El padre no dijo nada más. Al día siguiente le dio una bolsa con tres antiguas monedas de oro españolas.

— Las encontré un día en el campo. Iban a ser tu dote para la Iglesia. Compra tu rebaño y recorre el mundo hasta que aprendas que nuestro castillo es el más importante y que nuestras mujeres son las más bellas.

Y lo bendijo. En los ojos del padre él leyó también el deseo de recorrer el mundo. Un deseo que aún persistía, a pesar de las decenas de años que había intentado sepultarlo con agua, comida, y el mismo lugar para dormir todas las noches.

El horizonte se tiñó de rojo, y después apareció el sol. El muchacho recordó la conversación con el padre y se sintió alegre; ya había conocido muchos castillos y a muchas mujeres (aunque ninguna como aquella que lo esperaba dentro de dos días). Tenía una chaqueta, un libro que podía cambiar por otro y un rebaño de ovejas. Lo más importante, sin embargo, era que cada día realizaba el gran sueño de su vida: viajar. Cuando se cansara de los campos de Andalucía podía vender sus ovejas y hacerse marinero. Cuando se cansara del mar ya habría conocido muchas ciudades, a muchas mujeres y muchas oportunidades de ser feliz.

«No entiendo cómo buscan a Dios en el seminario», pensó mientras miraba el sol que nacía.



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