
El muchacho comenzó a extrañarse de sus propios pensamientos. Quizá la iglesia, con aquel sicómoro creciendo dentro, estuviese embrujada. Había hecho que soñase el mismo sueño por segunda vez, y le estaba provocando una sensación de rabia contra sus compañeras, siempre tan fieles. Bebió un nuevo trago del vino que le había sobrado de la cena la noche anterior y apretó contra el cuerpo su chaqueta. Sabía que dentro de unas horas, con el sol alto, el calor sería tan fuerte que no podría conducir a las ovejas por el campo. Era la hora en que toda España dormía en verano. El calor se prolongaba hasta la noche y durante todo ese tiempo él tenía que cargar con la chaqueta. No obstante, cuando pensaba en quejarse de su peso, siempre se acordaba de que gracias a ella no había sentido frío por la mañana.
«Tenemos que estar siempre preparados para las sorpresas del tiempo», pensaba entonces, y se sentía agradecido por el peso de la chaqueta.
La chaqueta tenía una finalidad, y el muchacho también. En dos años de recorrido por las planicies de Andalucía ya se conocía de memoria todas las ciudades de la región, y ésta era la gran razón de su vida: viajar. Estaba pensando en explicar esta vez a la chica por qué un simple pastor sabe leer: había estado hasta los dieciséis años en un seminario. Sus padres querían que él fuese cura, motivo de orgullo para una simple familia campesina que apenas trabajaba para conseguir comida y agua, como sus ovejas. Estudió latín, español y teología. Pero desde niño soñaba con conocer el mundo, y esto era mucho más importante que conocer a Dios y los pecados de los hombres. Cierta tarde, al visitar a su familia, se había armado de valor y le había dicho a su padre que no quería ser cura. Quería viajar.
— Hombres de todo el mundo ya pasaron por esta aldea, hijo — dijo su padre —. Vienen en busca de cosas nuevas, pero continúan siendo las mismas personas. Van hasta la colina para conocer el castillo y opinan que el pasado era mejor que el presente. Pueden tener los cabellos rubios o la piel oscura, pero son iguales que los hombres de nuestra aldea.
