
— Humm… — dijo el viejo inspeccionando el volumen por todos los costados, como si fuese un objeto extraño —. Es un libro importante, pero muy aburrido.
El muchacho se quedó sorprendido. El viejo sabía leer, y además ya había leído aquel libro. Y si era aburrido, como él decía, aún tendría tiempo de cambiarlo por otro.
— Es un libro que habla de lo que hablan casi todos los libros — continuó el viejo —. De la incapacidad que las personas tienen para escoger su propio destino. Y termina haciendo que todo el mundo crea la mayor mentira del mundo.
— ¿Cuál es la mayor mentira del mundo? — indagó, sorprendido, el muchacho.
— Es ésta: en un determinado momento de nuestra existencia, perdemos el control de nuestras vidas, y éstas pasan a ser gobernadas por el destino. Ésta es la mayor mentira del mundo.
— Conmigo no sucedió tal cosa — replicó el muchacho —. Querían que yo fuese cura, pero yo decidí ser pastor.
— Así es mejor — dijo el viejo —, porque te gusta viajar.
«Ha adivinado mi pensamiento», reflexionó el chico. El viejo, mientras tanto, hojeaba el grueso libro sin la menor intención de devolvérselo. El muchacho observó que vestía una ropa extraña; parecía un árabe, lo cual no era raro en aquella región. África quedaba a pocas horas de Tarifa; sólo había que cruzar el pequeño estrecho en un barco. Muchas veces aparecían árabes en la ciudad, haciendo compras y rezando oraciones extrañas varias veces al día.
— ¿De dónde es usted? — preguntó.
— De muchas partes.
— Nadie puede ser de muchas partes — dijo el muchacho —. Yo soy un pastor y estoy en muchas partes, pero soy de un único lugar, de una ciudad cercana a un castillo antiguo. Allí fue donde nací.
— Entonces podemos decir que yo nací en Salem.
El muchacho no sabía dónde estaba Salem, pero no quiso preguntarlo para no sentirse humillado con la propia ignorancia. Permaneció un rato contemplando la plaza. Las personas iban y venían, y parecían muy ocupadas.
