— ¿Cómo está Salem? — preguntó buscando alguna pista.

— Como siempre.

Esto no era ninguna pista. Pero sabía que Salem no estaba en Andalucía, si no él ya la habría conocido

— ¿Y qué hace usted en Salem? — insistió.

— ¿Que qué es lo que hago en Salem? — El viejo por primera vez soltó una buena carcajada —. ¡Vamos! ¡Yo soy el rey de Salem!

La gente dice muchas cosas raras, pensó el muchacho. A veces es mejor estar con las ovejas, que son calladas y se limitan a buscar alimento y agua. O es mejor estar con los libros, que cuentan historias fantásticas siempre en los momentos en que uno quiere oírlas. Pero cuando uno habla con personas, éstas dicen ciertas cosas que nos dejan sin saber cómo continuar la conversación.

— Mi nombre es Melquisedec — dijo el viejo —. ¿Cuántas ovejas tienes?

— Las suficientes — respondió el muchacho. El viejo empezaba a querer saber demasiado sobre su vida.

— Entonces estamos ante un problema. No puedo ayudarte mientras tú consideres que tienes las ovejas suficientes.

El muchacho se irritó. No había pedido ayuda. Era el viejo quien había pedido vino, conversación y el libro.

— Devuélvame el libro — dijo —. Tengo que ir a buscar mis ovejas y seguir adelante.

— Dame la décima parte de tus ovejas — propuso el viejo —, y yo te enseñaré cómo llegar hasta el tesoro escondido.

El chico volvió a acordarse entonces del sueño y de repente lo vio todo claro. La vieja no le había cobrado nada pero el viejo — que quizá fuese su marido — iba a conseguir arrancarle mucho más dinero a cambio de una información inexistente. El viejo debía de ser gitano también.

Antes de que el muchacho dijese nada, el viejo se inclinó, cogió una rama y comenzó a escribir en la arena de la plaza. Cuando se inclinaba, algo se vio brillar en su pecho, con una intensidad tal que casi cegó al muchacho. Pero en un movimiento excesivamente rápido para alguien de su edad, volvió a cubrir el brillo con el manto. Los ojos del muchacho recobraron su normalidad y pudo ver lo que el viejo estaba escribiendo.



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