
La civilización estaba muerta.
Algo tiró del periscopio y empezó a oírse el sonido sordo de unos dedos escarbando en la superficie. La reja levadiza se tambaleó de un lado a otro en su torreta. Los arañazos fueron sustituidos por un gruñido de frustración y el visor tembló en su eje. Después subió bruscamente, chocando contra el techo, y volvió a bajar.
Jim cerró los ojos.
«Carrie.»
* * *
La conoció a través de Mike y Melissa. Al igual que él, se había divorciado hacía poco.
– No quiere nada serio -le advirtió Mike-, sólo necesita volver a divertirse un poco.
Jim había conocido aquella sensación. Había conocido la felicidad, y la satisfacción. Había tenido un hijo precioso, Danny, y una mujer, Tammy. Se habían convertido en el centro de su mundo.
Hasta que Rick, un compañero del trabajo del que Tammy nunca había hablado, se los robó.
Tras el divorcio, Jim se dejó llevar por la diversión: noches enteras borracho hasta perder el sentido.
Tenía la custodia de Danny cada dos fines de semana y durante aquellos preciosos instantes se olvidaba de la cerveza y de las tías buenas. Durante aquellos fines de semana, él era Danny. Eran los únicos momentos en los que era feliz.
Tammy y Rick se casaron y Rick consiguió un trabajo mejor en Bloomington, Nueva Jersey. «Es una oportunidad única», dijo Tammy. Y así terminó. Dejaron Virginia Occidental, llevándose lo único hermoso que le quedaba a Jim.
