
– Dios -musitó ella, mirando a su alrededor para encontrar un sitio en el que esconderse.
Sin saber lo que hacer se caló más el gorro y se subió las solapas del abrigo, dándose la vuelta rápidamente para disponerse a cruzar la calle. Desgraciadamente, el tacón del zapato se le resbaló en una zona helada de la calle. En un suspiro, Carrie se vio sentada en medio de la acera. El gorro le había salido volando y yacía a su lado. La mochila estaba al lado del bordillo de la acera, con el contenido de la botella de zumo de uva negra que se había llevado de casa formando un pequeño charco morado encima de la acera. Además, se le habían torcido las gafas al enredársele en el pelo.
Carrie intentó ponerse de pie, pero el hielo convirtió aquella sencilla maniobra en algo peligroso. Si solo pudiera ponerse de pie, tal vez podría…
– ¿Se encuentra bien?
Él tenía la voz tal y como ella se la había imaginado, cálida y llena de matices, el tipo de voz que podía seducir a una mujer con solo unas pocas palabras. Carrie nunca le había oído hablar. Siempre que él iba a la agencia, ella encontraba una excusa para esconderse en la sala de las fotocopias o en el cuarto de baño, es decir, en cualquier lugar que le permitiera vigilarlo. Teniendo en cuenta que Devlin Riley tenía al menos dos viajes de negocios al mes, Carrie se había convertido en una experta en aquel tipo de maniobras.
– ¿Puedo ayudarla?
Al intentar apartarse el pelo de los ojos, Carrie dejó caer las gafas. Ella tuvo que contener el aliento al ver que él le extendía la mano, con los largos dedos enfundados en unos elegantes guantes de cuero negro.
