
– No, gracias. Estoy… bien -consiguió ella decir por fin.
– Por favor -insistió él, inclinándose sobre ella con una sonrisa. -Déjeme ayudarla. ¿Se ha hecho daño?
Carrie negó con la cabeza y estaba a punto de rehusar su ayuda de nuevo cuando él le tomó la mano y suavemente le pasó el brazo por la cintura.
Él era mucho más alto de lo que él se había imaginado. A duras penas ella le llegaba con la frente a la barbilla. Los hombros, resaltados por el elegante corte de un abrigo de cachemir, eran de una anchura imposible. Carrie no pudo mirarlo a los ojos. Solo sabía que eran de un misterioso tono azul. Sin embargo, si pudiera mirarlo, una vez… Cuando por fin consiguió hacerlo, ya no pudo apartar la mirada.
– Verde -musitó ella, asombrada. ¿Cómo se los habría podido imaginar de color azul?
– ¿Verde?
– Verlo -corrigió ella, disimulando, mientras se apartaba de él. -Yo… el hielo… Me preguntaba cómo no he podido verlo…
Él asintió y se inclinó para recogerle las gafas, que le puso con mucho cuidado, empujándolas suavemente por el puente de la nariz.
– Ya está. Así lo verá mejor.
– Gracias -dijo ella, observando cómo él le recogía también la mochila. Se movía con ágiles movimientos, mientras el viento le revolvía el pelo y la tenue luz de la mañana le resaltaba el perfil. -Maravilloso…
– ¿Cómo dice? -preguntó él, incorporándose.
Carrie se maldijo mentalmente. Tenía que aprender a controlar el hábito de hablar consigo misma, que había adquirido a lo largo de los últimos ocho años de vida en solitario. De aquella manera, al menos su voz, en conversación con las plantas y con el gato, llenaba la casa de sonidos.
– Maravilloso -repitió ella, mirando al cielo gris. -Creo que va a hacer un día maravilloso.
– ¿Usted cree? -preguntó él, con otra devastadora sonrisa. -Tenía entendido que iba a nevar. Han dicho que caerán unos diez centímetros.
– Yo creía que iban a ser quince -replicó ella.
