Susie tenía razón. La vida de Carrie había sido idílica hasta que su madre había muerto, casi veinte años atrás, cuando ella tenía diez años. Después de eso, al ser hija única, Carrie se había convertido en la mujer de la casa. Se había pasado la vida limpiando, cocinando, planchando y lavando para su padre. Y cuando no hacía eso, estaba con los deberes. Gran estudiante, Carta Louise Reynolds era la única persona en la historia del Instituto de High Grove que había ganado el premio de geografía durante cuatro años consecutivos.

Cuando llegó la hora de ir a la universidad, Carrie había decidido rechazar una beca en una prestigiosa universidad del este y decidió asistir a una pequeña facultad que estaba cerca de su casa. No le importaba tener que cuidar de su padre. Carrie lo quería más que a nadie y le gustaba que él la necesitara. Además, así tenía siempre una excusa para evitar todos los acontecimientos sociales que podía, como citas, bailes… chicos. Siempre tenía algo que hacer en casa.

De hecho, ya casi se había resignado a pasarse la vida como profesora de geografía cuando su padre hizo algo que la dejó muy sorprendida. En la semana en la que Carrie se graduaba en la universidad, John Reynolds anunció que se retiraba, se compró un piso en Florida, puso la casa familiar a nombre de su hija y le entregó un cheque por diez mil dólares. Básicamente, era decirle que ya iba siendo hora de que los dos vivieran.

Entonces, Carrie decidió comprar una pequeña agencia de viajes en el distrito de Lake Grove, un precioso barrio residencial de Chicago, en el que había mucho dinero. Se había creado su propio hueco en los negocios dedicándose a los viajes de aventuras, como ir de marcha por los Himalaya, viajar en balsa por el río Amazonas… Así se había conseguido hacer una clientela joven que había sido la clave para el rápido crecimiento de «Aventuras Inc.»



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