
– Debo de estar soñando. Las habitaciones son preciosas…
Se giró lentamente sobre sí misma y contempló los tres sofás, la mesa del comedor, la elegante decoración, los balcones que daban a la terraza y el mar al fondo.
Lina sonrió.
– Es un palacio, querida. ¿Pensabas que vivíamos en cuartuchos?
– No, obviamente no -respondió, mirando a las tres niñas-. Pero es mucho más bonito de lo que esperaba… sólo temo que las niñas puedan romper algún mueble.
– Te aseguro que esos muebles se han llevado más golpes de los que puedas imaginar. Sobrevivirán a esto -declaró-. Pero ahora, sígueme. Tengo una sorpresa maravillosa para ti…
Kayleen dudó de que pudiera ofrecerle una sorpresa mayor que vivir en el Palacio Real de El Deharia, pero deseó equivocarse. Empujó un poco a las niñas para que siguieran adelante y avanzaron por el pasillo.
Lina se detuvo delante de una puerta enorme, que abrió.
– No he tenido tiempo para encargarme de todo, así que aún no está terminada. Pero es un principio.
El principio al que Lina se refería era una habitación del tamaño de un aeródromo con techos y balcones altos, tres camas con edredones, varios armarios y mesas, montones de muñecos de peluche y batas, camisones y zapatillas. Hasta habían llevado las mochilas que las niñas llevaban al colegio; las habían dejado al pie de sus camas.
– He ordenado que todas tengan un ordenador -explicó Lina-. En el comedor hay una televisión y varias películas adecuadas para ellas, pero traerán más. En su momento, les daremos una habitación individual a cada una; pero he pensado que por ahora es mejor que sigan juntas.
