
Kayleen se mordió el labio inferior.
– Suena bien -dijo, volviéndose hacia Asad-. Pero quiero que me dé su palabra de que no se convertirán en criadas ni las casarán con quien sea por motivos políticos.
– Su desconfianza me ofende -le advirtió.
– No lo conozco de nada -se defendió ella.
– Soy el príncipe Asad de El Deharia. Eso es todo lo que necesita saber.
Lina la miró.
– Asad es un buen hombre, Kayleen.
A Asad no le gustó que su tía se sintiera en la necesidad de defender su carácter y pensó que las mujeres no eran más que una molestia.
– Tienes que dar tu palabra de que serás un buen padre, de que cuidarás de ellas, de que las querrás y de que no las casarás con nadie de quien no estén enamoradas -continuó su tía.
– Seré un buen padre -dijo él-. Cuidaré de ellas y me encargaré de que las críen con todos los privilegios que merecen las hijas de un príncipe.
Kayleen frunció el ceño.
– Eso no es lo que he pedido -afirmó.
– Pero es lo que ofrezco.
Kayleen dudó.
– Debe prometer que no las condenará a un matrimonio de conveniencia.
Él asintió, molesto.
– Está bien. Podrán elegir a sus maridos.
– E irán a la universidad y no serán criadas.
– Ya he dicho que serán mis hijas, señorita James. Está poniendo a prueba mi paciencia.
Kayleen lo miró y declaró:
– No le tengo miedo.
– Ya me había dado cuenta. En cualquier caso, recuerde que usted será la única responsable del bienestar de las niñas -dijo antes de girarse hacia su tía-. ¿Ya hemos terminado aquí, Lina?
Lina sonrió y sus ojos brillaron de un modo tan misterioso que Asad pensó que se traía algo entre manos.
– No estoy segura, sobrino. En cierta forma, creo que este asunto acaba de empezar.
Capítulo 2
Kayleen nunca habría creído que su vida pudiera cambiar tanto y tan deprisa. Por la mañana se había despertado en su diminuta habitación del colegio, que tenía una ventana igualmente pequeña y vistas a un muro de ladrillo; pero ahora, seguía a la princesa Lina al interior de una suite enorme de un palacio que daba al Mar Arábigo.
