
– Bueno, ya sabes que Kateb siempre ha sido algo así como la oveja negra de la familia -le recordó Lina.
– Ningún hijo mío es una oveja, ni blanca ni negra. Kateb es poderoso y astuto como el león del desierto o por lo menos como un chacal.
– Entonces, es el chacal negro de la familia.
– Deja de comportarte de ese modo, mujer -exclamó Mujtar con una imitación bastante decente del rugido de un león.
Lina siguió tan tranquila como antes.
– ¿Tú ves que me acobarde, hermano? ¿Me has visto acobardada alguna vez?
– No, y eso te hace peor.
Lina se tapó la boca con una mano y fingió que bostezaba.
El rey la miró con los ojos entrecerrados.
– Es evidente que sólo quieres divertirte a mi costa -dijo-. ¿Es que no piensas darme ningún consejo?
– Tengo un consejo que darte, pero no estoy segura de que te guste.
El se cruzó de brazos.
– Te escucho.
– Me he puesto en comunicación con el rey Hassan de Bahania -declaró ella.
– ¿Por qué?
Lina suspiró.
– Iremos más deprisa si no me interrumpes cada treinta segundos.
Mujtar arqueó las cejas, pero no dijo nada.
Lina reconoció inmediatamente su expresión. A Mujtar le gustaba pensar que era un hermano protector y preocupado por su bienestar, que la mantenía a salvo de la maldad del mundo. Pero era bastante dudoso que el más que atractivo rey de Bahania tuviera intención de tirar al suelo y violar a una mujer, que además tenía cuarenta y tres años.
A pesar de ello, Lina pensó que no le importaría nada que ese hombre la sedujera. Llevaba sola varios años, desde la muerte de su marido; y aunque quería casarse otra vez y tener una familia, no había surgido la ocasión. Nunca tenía tiempo para nada y mucho menos para hombres. Pero entonces apareció Hassan. Era viudo y algo mayor que ella, pero tan encantador y lleno de energía que le gustó de inmediato. Sólo faltaba por saber si el sentimiento era recíproco.
