que pies de tal perfección?

aunque no sé cuáles son

las estampas o las flores.

¡Oh, prado, que no me des

nuevas della en tantas penas,

por donde van azucenas

las de sus hermosos pies!

Jazmín, pues morir me ves,

¿por dónde va mi jazmín?

Poned a su curso fin,

tenedla, campos helados,

si os queréis volver en prados,

que va corriendo un jardín.

Aquí cayeron ahora,

y aún con lágrimas también,

que como perlas se ven

sí pasó como la aurora;

pues si en vuestras hojas llora,

habla, azahar; habla, clavel;

pero ¿qué bulto es aquel

que detrás de aquella peña

más temor que cuerpo enseña,

si está mi esperanza en él?

¿Eres tú, Sirena mía?

¿Eres tú, mi bien?

SIRENA ¿Quién es?

ALCINO Quien te ha llorado después

que tu muerte presumía:

creí que muerto te había

el fiero animal impío;

pero fue gran desvarío,

pues ningún cuerpo vivió

después que el alma faltó;

que eres tú el alma del mío.

Desciende, mi luz, desciende.

SIRENA Estoy temblando.

ALCINO No impida

temor tus pies; que mi vida

es quien la tuya defiende.

SIRENA Temor, Alcino, me ofende,

de nieve mi vuelve el pie.

ALCINO Antes, señora, lo fue.

SIRENA Desciendo en tu confianza.

ALCINO Ven a alentar mi esperanza,

ya que no puedes la fe.

Ella baja.

SIRENA ¿Cómo me hallaste?

ALCINO Seguí

las flores que habías perdido,

lenguas por donde he venido,

que me dijeron de ti.

SIRENA ¿Las flores te hablaron?

ALCINO Sí;

y no fue la vez primera,

ni fuera error, aunque fuera

para peligros mayores,

el preguntar a las flores

por la misma primavera.

SIRENA Sólo tú pudieras ser



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