Ahora soy cazador;

saetas llevo, y no luces,

con que deste al otro polo

no hay cosa que dificulte.

Ven sin temor; que me aflige

ver lo que esta tierra sufre:

que sólo es digna de Febo

una hazaña tan ilustre.

Salen Aristeo, Príncipe de Tesalia, y Corebo, criado.

COREBO No está lejos Vuestra Alteza

de la gruta donde vive.

ARISTEO Ya mi pecho se apercibe,

Dafne hermosa, a tu belleza,

honor de naturaleza

y gloria de mi deseo;

que no ha de negar Peneo,

aunque tan ilustre río,

su hija a mi amor, por mío,

y a mi ser por Aristeo.

Príncipe heredero soy

de Tesalia. ¿A quién pudiera

dar su hija que fe diera

la nobleza que le doy?

¡Perdido por ella estoy!

COREBO Bien, señor, lo manifiestas.

ARISTEO Vi, Corebo, en unas fiestas

a Dafne, donde excedía

cuantas damas aquel día

las adornaron compuestas;

como el diamante al rubí,

como la rosa a la flor,

y el ámbar a todo olor,

vencer a todas la vi:

todos los sentidos di

al primero movimiento;

y viendo mi entendimiento

tan dulce imaginación

solicitó su atención

por la vista el pensamiento.

Rendíle, en fin, por los ojos

cuanto supo y pudo amor,

como suele al vencedor

el rendido los despojos;

mas creciendo los enojos

de una pena tan suave,

rompió el secreto la llave.

COREBO Esta es la cueva, señor.

ARISTEO La esperanza de mi amor,

Hoy, en posesión acabe.

Descúbrese el río Peneo en su gruta.

¡Oh! Tú, famoso e ínclito Peneo,

que entre el Olimpo y Osa

riegas el Tempe, que con pies de rosa

recibe tu cristal en su deseo:

escucha atento al Príncipe Aristeo,

si no perturba el aire hasta tu oído



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