
Daisy tenía dieciséis años y era una adolescente larguirucha con curvas inexistentes y una mata de rizos rubios como una fregona.
Sus amigas empezaban a convertirse en jóvenes cisnes mientras ella se quedaba en la fase de patito feo. Pero a Daisy no le había importado demasiado, porque mientras los jóvenes cisnes solo conseguían de Robert una sonrisa amable, ella se iba de pesca con él.
Los días de pesca y los paseos a la orilla del río estaban entre los mejores recuerdos de su vida. Eso y el beso que Robert le había dado el día de Navidad, bajo la rama de muérdago. La alegría le había durado hasta junio, cuando lo había visto besando a Lorraine Summers y se había dado cuenta de que lo de besar a las chicas era un hábito para Robert Furneval.
Lorraine era definitivamente un cisne. Guapa, elegante, con el pelo liso y la gracia de una chica educada en un internado suizo. Imposible competir. Robert había vuelto de Oxford con un título en el bolsillo y Daisy había corrido a su casa para saludarlo. Pero Lorraine, con sus vaqueros de diseño y sus labios pintados, había llegado primero.
Daisy había decidido entonces no volver a verlo jamás, pero el domingo siguiente él había aparecido en su casa con las cañas de pescar y había sido incapaz de negarse.
– Me parece que su madre está preocupada por él -dijo George Latimer, después de pensar un momento.
Daisy volvió del río de su adolescencia hasta la galería Latimer.
– ¿Por qué iba a preocuparse? Robert es un hombre de éxito.
– Supongo que sí. Económicamente. Pero, como a cualquier madre, le gustaría que se casara y formara una familia.
– Pues va a tener que esperar. Robert tiene un ático en Londres, un Aston Martin en el garaje y cualquier chica a la que guiñe un ojo para calentarle la cama. Y no piensa abandonar todo eso por una alianza de matrimonio -dijo ella.
