Cincuenta años más tarde, Robert seguiría intentando ligarse a las enfermeras de la residencia de ancianos y, probablemente, ella sería la idiota que empujaría su mecedora.

– ¿No te gustaría saberlo? -preguntó Nick entonces.

– ¿Saber qué? -murmuró Daisy, perdida en sus pensamientos.

– Esto -contestó él, inclinándose para besarla.

Fue un beso agradable. Nada serio. Solo un beso fugaz en los labios y Daisy se apartó antes de que pudiera llegar a más, mirando al musculoso australiano con cierta pena. A su madre le habría encantado.

– Lo siento. Será mejor que lo dejemos aquí -dijo. No tenía que saber nada porque siempre lo había sabido. Desde que era una niña sabía que solo había un hombre en el mundo para ella.

Por un momento, Nick pareció sorprendido. Y después, lanzó una carcajada.

– Me gustas.

– ¿Me perdonas un momento? -sonrió ella, escapándose de sus brazos. Pero, al darse la vuelta, se encontró de frente con Robert.

– No has olvidado nuestro trato, ¿verdad? -preguntó él.

– Por favor, Robert, ve a ligar con alguien de tu edad -replicó Daisy, irritada.

– Más tarde. Ahora vamos a bailar -dijo Robert y, sin esperar respuesta, la tomó por la cintura. No como Nick. No había nada sutil en la forma de abrazar de Nick. La apretaba con fuerza, sin dejar duda sobre lo que quería-. Te preguntaría si lo estás pasando bien, pero sería una pregunta absurda.

– No lo estoy pasando mal -dijo ella, mientras se movían al ritmo de la música. Tenía la mejilla apoyada sobre su camisa y podía escuchar los latidos de su corazón. No solían bailar juntos y cada vez que lo hacían era un acontecimiento para Daisy. No tenía a menudo la oportunidad de tocarlo, de abrazarlo, de respirar su aroma masculino-. Ya me han hecho una proposición de matrimonio.



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