
Aunque las cosas eran como siempre. Todas las chicas, con pareja o sin ella, buscaban su atención y estaba segura de que, cuando llegara la hora mágica, él no recordaría la copa que había prometido tomar en su casa. Pero no pensaba dejar que le buscara un acompañante aquella noche.
Aprovechándose de que la morena había vuelto a la carga, Daisy tomó su abrigo y estaba a punto de salir de la casa cuando Nick la tomó del brazo.
– ¿No pensarías marcharte sin mí? Estamos prácticamente comprometidos.
– No lo estamos -rio Daisy, irritada y halagada al mismo tiempo.
– Te estás haciendo la dura -dijo el australiano, como si fuera ella quien estuviera siendo poco razonable.
– Más bien me estoy haciendo la imposible.
– Nada es imposible. Una vez, en Las Vegas, me casé con una mujer a la que acababa de conocer.
– ¿Y sigues casado?
– Claro que no -contestó él-. Eso es lo bueno de Las Vegas. Te casas hoy y te divorcias al día siguiente.
– ¿Así de fácil?
– Bueno, casi -respondió Nick. Daisy no sabía si creerlo o no. En realidad, tenía miedo de que estuviera diciendo la verdad-. ¿Dónde te gustaría que nos casáramos? ¿En Bali?
– Soy alérgica a la arena. Y no me gusta viajar en avión.
– Una boda en barco, entonces. El capitán podría casarnos.
– Eso es un mito. Un capitán de barco no puede casar a nadie -dijo ella, cansada de la broma-. Y ahora mismo, lo único que me apetece es irme a casa. Sola -añadió, dándose la vuelta.
Pero no era tan fácil quitarse a Nick de encima.
– No puedes ir sola por la calle a estas horas. Es peligroso.
