
– Tú también eres peligroso.
– Te doy mi palabra de honor de que no volveré a besarte -rió el hombre.
Antes de que Daisy pudiera insistir en que quería volver a casa sola, Nick había parado un taxi.
– ¡Daisy! -escucharon una voz tras ellos. Era Robert-. Estoy preparado para la copa que me habías prometido en tu casa. Gracias por el taxi, Gregson. Encontrar uno a estas horas es muy difícil.
Daisy y Robert entraron en el taxi y Nick Gregson se quedó mirándolos con una expresión de incredulidad en su bronceado rostro.
Capítulo 3
DOMINGO, 26 de marzo. Visita a la iglesia para ensayar con Michael y Ginny y después, comida familiar. Mi madre estará en su elemento.
Robert se ha ofrecido a llevarme en su coche, pero le he dicho que prefería ir andando. Espero que no me haya tomado en serio.
Daisy sabía que era Robert en cuanto sonó el timbre y su corazón dio uno de esos traidores saltos.
Bostezando, saltó de la cama y se puso un albornoz. ¿Por qué era más difícil madrugar en Londres que en el campo?
– Vete, Robert. Aún es de noche.
– Son las siete y media. Ya es casi medio día.
– ¿Las siete y media? -repitió ella, volviendo a mirar su reloj-. Creí que eran las seis menos veinticinco.
– Deberías ponerte gafas.
– No necesito gafas. Necesito dormir. ¿Por qué has venido tan temprano?
– Ya que anoche te negaste a dejarme subir, esperaba que me invitaras a desayunar.
– Anoche no te merecías nada.
– Lo sé, pero he cambiado.
– No es verdad. Y hoy tampoco te mereces un desayuno.
– ¿Ah, no? ¿Quién se ha levantado al amanecer para llevar a una mocosa desagradecida a su casa?
– Tú tenías que ir de todas maneras. Pero no importa, sube -dijo ella, pulsando el botón del portero automático.
Se dispuso a preparar café y, unos segundos después, Robert entraba en la cocina muy sonriente.
