– ¿De verdad?

– Un pollo, no. Más bien un pato.

– Exacto. Amarillo y esponjoso -murmuró ella, disimulando su irritación.

– Esponjoso, amarillo y muy…

– No digas la palabra «mona», Robert.

– Ni soñando -dijo él, pero sus ojos lo traicionaban. Ojos cálidos, castaños que, definitivamente, se estaban riendo de ella-. Tienes la nariz demasiado grande para ser mona.

– Gracias.

– Y la boca.

– Vale. Ya sé que rompo los espejos.

– Venga, no seas tonta -rio él-. Estarás muy bien.

– No estoy hecha para el terciopelo y el tul -se quejó ella. Trajes de chaqueta, vestidos de estilo austero y faldas hasta la rodilla eran más su estilo; le quedaban bien a sus anchos hombros y disimulaban su falta de curvas-. Y no me apetece nada meter los pies en un par de merceditas ni ponerme flores en el pelo. Pareceré una cría.

– ¿Qué son merceditas?

– Esos zapatos de niña que llevan una tira en el empeine. No entiendo por qué se han puesto de moda.

– Te entiendo. Eres demasiado mayor…

– Robert, no te pases.

Él tomó su mano y Daisy decidió que podía seguir insultándola durante todo el día.

– Nunca te he visto así de preocupada por una tontería -dijo él-. Dile a Ginny que no puedes hacerlo. Puede tener solo tres damas de honor, ¿no?

Claro que podía. Pero no quería. Ginny quería tener una boda perfecta y Daisy no quería, ni podía desilusionar a su futura cuñada.

Pero Robert no podía entenderlo, por supuesto. Durante toda su vida, la gente había hecho lo imposible para darle lo que quería. La mayoría de los hombres con sus ventajas se habrían convertido en auténticos monstruos pero, además de ser el hombre más deseable del mundo, Robert Furneval era un hombre amable y generoso y legiones de sus abandonadas novias declararían en su lecho de muerte que era el hombre más bueno del mundo.



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