
– Por supuesto, mi madre está encantada.
– Si tanta ilusión le hace a tu madre, cariño, lo mejor es que te rindas graciosamente.
Con una hija casada y un hijo a punto de seguir sus pasos, Margaret Galbraith estaba obsesionada con el miembro de la familia más recalcitrante. Daisy. Veinticuatro años y ni un pretendiente a la vista.
La primera fase del plan de su madre incluía cambiar su imagen. Quería hacerla más femenina, más guapa. Llevaba semanas intentando convencerla de que fuera con ella de compras para aprovechar una boda en la que, sin duda, habría docenas de hombres solteros y, con una de las damas de honor con una pierna rota, no había ninguna posibilidad de escape.
Las fases dos y tres indudablemente incluían un maquillador y un peluquero para poner sus rubios rizos en orden. Tarea, por otra parte, imposible.
Daisy miró la mano de Robert. Tenía unas manos preciosas, con dedos largos y delgados. Una diminuta cicatriz en los nudillos les añadía atractivo; se la había hecho un perro cuando tenía doce años. Ella ya lo amaba entonces.
Por un momento, se permitió a sí misma disfrutar del roce de su mano. Solo por un momento. Después, la apartó y tomó su copa de vino.
– Mi madre cree que soy demasiado tímida y que ser el centro de atención me vendrá bien.
Él seguía sonriendo, pero con suficiente simpatía como para que Daisy no se lo tomara en cuenta.
– Lo siento mucho por ti, pero me temo que vas a tener que soportarlo con una sonrisa.
– ¿Lo harías tú?
– Cualquier cosa para que me dejaran tranquilo -dijo él-. Y me pondré un chaleco amarillo para demostrarte mi solidaridad.
– ¿Un chaleco amarillo? -repitió ella, divertida.
– Si eso es lo que tengo que hacer para que te sientas mejor, lo haré -afirmó él-. O tú podrías teñirte el pelo de negro para parecerte a las otras damas de honor, aunque no sé si un patito negro sería igual de atractivo…
