– ¿Y?

– Que mi reloj biológico no funciona. O a lo mejor tengo que darle cuerda -sonrió Robert-. Michael, estoy un poco preocupado por Daisy -dijo, cambiando de tema. Ya estaba un poco harto de la historia de Janine.

– ¿Daisy? ¿Por qué?

– No sé. Las chicas siempre andan contando con quién salen o dejan de salir, pero Daisy nunca cuenta nada -murmuró Robert, mirando hacia atrás. Daisy y su madre charlaban animadamente mientras paseaban del brazo hacia la iglesia-. ¿Siempre ha sido así de discreta?

– Tú la conoces tan bien como yo -dijo Michael-. Daisy nunca habla de esas cosas. ¿Qué es lo que te extraña?

– No lo sé. Pero anoche se mostró un poco misteriosa. Pensaba ir a buscarla a las nueve para ir a la fiesta de Monty y me dijo que tenía cosas que hacer hasta las diez. Que tenía que trabajar.

– ¿Y no la crees?

– No parecía que hubiera estado trabajando. Parecía… diferente, no sé. Y se me ocurrió que era un hombre. Michael, ¿tú crees que podría estar teniendo una aventura?

– ¿Una aventura? Qué palabra tan antigua -sonrió su amigo-. ¿No querrás decir con un hombre casado?

– Sé que suena raro, pero ¿qué otra cosa puede ser? Si fuera una relación seria, nos lo habría presentado…

– Robert… -empezó a decir Michael muy serio, como si estuviera a punto de descubrirle algo.

– Tú sabes algo, ¿verdad? -preguntó Robert. El hermano de Daisy se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y siguió caminando hacia la iglesia-. Lo siento, pero no quiero que Daisy cometa un error que podría arruinar su vida.

– Tienes razón. Mi hermana está enamorada de un hombre desde hace mucho tiempo, pero el matrimonio está fuera de la cuestión.

– ¿Enamorada? -repitió Robert, incrédulo. Cuando la miró, el sol iluminaba los rizos que se habían escapado de su trenza y sintió una punzada de envidia por el hombre que había capturado su corazón-. ¿Quién es?



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