
Pero, de repente, la asaltó un momento de duda. ¿Y si Michael tenía razón? ¿Y si un día Robert aparecía con una esposa del brazo? Porque eso era lo que ocurriría. El no se sometería a todo aquel teatro de las damas de honor, los vestidos… Él desaparecería en el Caribe o en alguna otra parte y…
– Es hora de marcharnos -dijo Margaret Galbraith, poniéndose los guantes-. ¿Daisy? ¿Has traído un sombrero?
– ¿Qué? Ah, no.
– No hay nada como un buen sombrero para esconder un mal peinado. Iré a ver si puedo dejarte alguno…
Daisy tomó a su hermano del brazo y salieron de la casa a toda prisa, para que su madre no la obligara a ponerse alguna monstruosidad.
– Vamos, Michael Galbraith, soltero de esta parroquia. El tiempo se te acaba.
– Para mí va muy lento. Espera y verás como a ti te pasa lo mismo.
– ¿A mí? De eso nada. Yo soy igual que Robert.
– ¡Daisy!
Jennifer Furneval y Robert salían de su casa en ese momento y mientras ella besaba a la mujer, Robert y su hermano intercambiaban un abrazo.
– ¿Cómo estás, Jennifer?
– Bien. Robert me ha dicho que te ha traído esta mañana. ¿Cómo va todo en la galería?
– La semana que viene voy a una subasta en Warbury -explicó ella-. Hay una colección de piezas orientales muy interesante. ¿Tú vas a ir?
– Desgraciadamente, no puedo. Hay una pieza de Imari que me encantaría comprar, pero es demasiado arriesgado hacerlo por teléfono. Solo he visto una fotografía.
– Yo podría comprobar si es auténtica y llamarte por teléfono. Si confías en mi criterio, claro está. Por cierto, acabo de enterarme de que fuiste tú quien sugirió mi nombre a George Latimer.
– En realidad, le estaba haciendo un favor. ¿Cómo está el viejo George?
– Otra que muerde el polvo, ¿eh, Robert? Aunque tengo entendido que esta ha pegado un salto antes de que la empujaras.
– ¿Janine? -se encogió Robert de hombros, irritado porque nadie parecía tomarse en serio su ruptura-. Era inevitable. Es una preciosidad, pero está llegando a ese punto en el que su reloj biológico empieza a pedirle niños y esas cosas.
