– Bueno, si pasear conmigo es una penitencia por tu glotonería, de acuerdo. Puedes pedirle unas botas a mi padre -dijo ella, aparentando desinterés. Pero cada día era más difícil. Quizá era la boda, la felicidad de Michael y Ginny, saber que ella nunca tendría aquello porque casarse con otro que no fuera Robert era impensable.

Magaret Galbraith asomó la cabeza por la puerta.

– ¿Alguien quiere té…? Ah, ¿os marcháis?

– No, mamá. Vamos a dar un paseo con Flossie. Descansa un poco. Robert y yo haremos el té cuando volvamos.

– No iréis muy lejos, ¿verdad? -preguntó su madre, sentándose cómodamente en el sofá-. Parece que va a llover.

– Yo cuidaré de tu hija, Margaret -dijo Robert, poniéndole una mano sobre el hombro-. Vamos, Flossie -animó al cocker, que no necesitaba que lo animaran porque ya estaba en la puerta. Caminaron por la orilla del río en silencio, con el animal correteando alegremente delante de ellos-. ¿Sigues enfadada conmigo por lo de Gregson?

– No seas bobo.

– ¿Yo soy bobo? Tú me has estado evitando durante todo el día.

– Tenía otras cosas que hacer. Y, por si quieres saberlo, solo tonteaba con Nick para que fuera mi pareja en la boda. Lamentablemente, tiene que volver a Australia dentro de dos días.

– Qué pena -dijo él, parándose en medio del camino. Daisy se volvió, segura de que estaba riéndose, pero la expresión del hombre se había nublado tanto como el cielo-. ¿Yo no te valgo como pareja?

El corazón de Daisy dio un vuelco.

– No, Robert. No me vales. Mi madre nunca te tomaría en serio.

– ¡Tu madre! -sonrió él entonces.

– Mi madre, sí. No podría convencerla de que tú eres un posible marido.

Él no contestó y siguieron caminando durante un rato en silencio.

– Estaba pensando que podríamos quedarnos a dormir y volver por la mañana a Londres -dijo Robert después de unos minutos-. Esta noche podríamos ir al pub.



35 из 97