La oportunidad era muy tentadora, pero Daisy no quería sucumbir a la tentación.

– Lo siento, pero tengo que estar en Londres esta noche.

– Ah. Bueno, solo era una idea. ¿Tienes algún plan?

Daisy lo miró. Normalmente Robert no se interesaba por sus idas y venidas. Pero él estaba mirando hacia adelante y no podía leer sus ojos.

– No, es que mañana tengo que levantarme muy temprano.

– Nunca hubiera dicho que George Latimer era un negrero, pero primero te pide que trabajes el sábado por la noche y ahora quiere que llegues a la galería al amanecer. Quizá deberías hablar con él sobre los derechos de los trabajadores.

– No es George -explicó ella-. Tengo que ir a la peluquería a primera hora. Y después tengo que volver a probarme el vestido.

– Ya veo -sonrió Robert-. ¿Te vas a cortar las plumas?

– No tengo ni idea. El peluquero tendrá que estrujarse los sesos para hacer algo con mi pelo. Pobre hombre, nadie debería pasar por esa tortura un lunes por la mañana.

– Llevabas el pelo muy bonito el sábado. Deberías dejártelo suelto más a menudo.

A Daisy se le paró el corazón durante una décima de segundo y aprovechó que Flossie estaba persiguiendo a un pato para salir corriendo.

Cuando consiguió que el perro dejase en paz al pobre ánade, el pelo se le había salido de la trenza y se había llenado de barro hasta las pestañas. Pero al menos evitó que Robert se diera cuenta de que se había puesto colorada.


Siempre hacía eso, pensaba Robert. Bromear sobre su apariencia para que nadie pudiera hacerlo por ella. Una costumbre que había adquirido sin duda por las incesantes comparaciones que su madre hacía entre Daisy y su hermana. Era normal que se sintiera un poco acomplejada.

– No te importa volver esta tarde, ¿verdad?

– No, claro que no -contestó él. ¿Realmente tendría que levantarse temprano o tendría una cita con su amante secreto?, se preguntaba-. Es que, de repente, echo de menos todo esto. ¿Te acuerdas cuando Michael metió un palo en un nido de avispas y se enredaron en tu pelo?



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