Pero esa era la razón por la que estaba allí; para buscar evidencias de un hombre. Una rápida investigación le aseguró que no había maquinillas de afeitar ni un segundo cepillo de dientes.

Quizá el amante de Daisy era demasiado discreto como para ir a su apartamento. ¿Qué había dicho Michael? No demasiado. Solo que el matrimonio estaba fuera de toda cuestión.

Un hombre separado, quizá, e incapaz de divorciarse para no causar un escándalo. Fuera lo que fuera, Michael estaba demasiado preocupado con su boda como para preocuparse de nada más, pero él no. Él haría lo que tuviera que hacer para llegar al fondo del asunto.

De repente, Robert se dio cuenta de que estaba espiando a Daisy. ¿Se había vuelto loco?, pensaba. El disquete parecía quemar dentro de su bolsillo.

– Te llamaré esta semana -dijo, cuando terminaron de tomar café-. Podríamos salir a cenar.

– Esta semana voy a estar muy ocupada.

– Es la segunda vez que me dices que no. Estoy empezando a pensar que mi amiga me oculta algo.

– Eres tonto -sonrió ella-. Es que tengo la subasta y los preparativos para la boda…

Y una relación clandestina, pensaba Robert. Eso debía tomarle mucho tiempo. Siempre esperando la llegada de su amante, siempre pendiente del teléfono. Daisy se merecía algo mejor.

– Pero tendrás que comer -insistió él-. Y estaba esperando que me dieras alguna idea para la despedida de soltero de Michael.

– ¿Es que una despedida de soltero requiere ideas? Creí que lo único que hacía falta eran toneladas de alcohol, una bailarina desnuda y la proverbial farola para esposar al novio.



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