Una vez dentro del apartamento, ella encendió el ordenador y fue a la cocina para preparar café.

– ¿Cuál es la contraseña? -preguntó él,desde el salón.

– ¿Qué?

– La contraseña. Si no me la dices, no puedo entrar.

Daisy apareció en la puerta, ligeramente colorada.

– Yo lo haré. Date la vuelta. Se supone que es secreta.

– No pienso volver en medio de la noche para robar tus secretos -protestó Robert.

– No importa. Date la vuelta.

– Yo te digo la mía si tú me dices la tuya -ofreció él. Daisy esperó que se diera la vuelta. Por supuesto, la contraseña sería el nombre de su amante. Por eso no quería que lo viera. Robert escuchó. Seis golpes en el teclado. Seis letras. ¿Sería un nombre o un apellido?

– Ya puedes darte la vuelta. Mira, es muy fácil. Pulsas aquí para conectarte a Internet…

– ¿Tiene tratamiento de textos?

– Pues claro. Tiene de todo. Incluso una agenda electrónica -indicó ella, pulsando el ratón-. ¿Ves? Es muy fácil.

– Daisy, ¿te has dejado la leche al fuego?

Ella lo miró un momento, sin comprender. Entonces recordó y salió corriendo hacia la cocina. Para cuando volvió con el café y un montón de galletas, Robert había sacado un disquete de una caja, había copiado la agenda electrónica y estaba, aparentemente, concentrado en navegar por Internet.

– He llegado justo a tiempo -dijo ella, dejando la bandeja sobre la mesa.

– ¿Qué?

– La leche -sonrió ella.

– Es un buen ordenador -dijo él, levantando la cabeza. Cuando vio las galletas que Daisy había untado con mantequilla, la miró con una sonrisa en los labios-. Eres una santa -murmuró. Daisy levantó una ceja, irónica-. Voy a lavarme las manos.

En el cuarto de baño había velas blancas por todas partes y un exótico aroma a bergamota llenaba el pequeño espacio. Por un momento, Robert se imaginó a Daisy en la bañera, iluminada por la luz de las velas, su piel brillante y sus rizos húmedos… Era una imagen turbadoramente sensual y absolutamente sorprendente. Tanto que Robert tuvo que dar un paso atrás. Él nunca había pensado en Daisy en aquellos términos. Nunca había pensado en Daisy como mujer.



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