
– Para eso estoy. Te voy a dejar ideal -dijo el hombre. La mayoría de los peluqueros que conocía hablaban con prudencia, seguramente para evitar la desilusión cuando no pudieran dejarle el pelo, liso que su madre anhelaba y que ella había deseado durante toda su adolescencia. La confianza de aquel hombre era como un soplo de aire fresco. El peluquero la miró un momento con la cabeza ladeada, le hizo unos cortes arriba y abajo y, después de colocárselo un poco con los dedos, se declaró satisfecho.
– ¿Eso es todo? -preguntó Daisy. No había quedado muy diferente, pero el montón de rizos parecía estar mejor colocado.
– Hoy sí. Pero el día de la boda pondremos unas ramitas de hiedra. Estarás guapísima.
¿Guapísima? Era un estilista muy amable, pero Daisy no estaba convencida. Su única esperanza era no parecer ridícula al lado de las otras damas de honor.
– Ojalá yo tuviera tanta confianza.
– No te hace falta, tienes mi reputación. Las fotografías saldrán en las revistas de sociedad y te prometo que no voy a dejar que vayas detrás de la novia a menos que estés perfecta -sonrió el hombre, mientras le quitaba la bata rosa-. Por el momento, deja de usar esas horrorosas gomas para sujetarte el pelo. Y sería una gran ayuda si durmieras un poco la noche anterior. Si tienes ojeras, nadie se fijará en tu pelo.
– Esa sería una solución.
– Pero no la correcta -replicó él. No parecía muy contento con su desconfianza, desde luego. Quizá esperaba que se lanzase a sus brazos, dándole las gracias por transformarla.
El maquillaje podría tapar las ojeras, pero no podía hacer nada con la falta de sueño. A Daisy se le cerraban los ojos en la galería y tuvo que concentrarse en estudiar el catálogo de la subasta para que su mente dejara de darle vueltas al beso de Robert, como había hecho durante toda la noche.
Pero a la una estaba quedándose dormida de nuevo y decidió ir dando un paseo hasta la modista para probarse el vestido por última vez.
