Robert no había podido hablar con Samuel Jacobs el domingo por la noche y el lunes supo por qué. El señor Jacobs era el fundador de una importante compañía de importación de objetos orientales. En el siglo XIX.

La compañía que llevaba su nombre había sobrevivido, pero Robert dudaba de que Daisy estuviera enamorada de una empresa, aunque se dedicara a las antigüedades. Después de tachar a Samuel Jacobs de su lista, se sintió perdido.

Había eliminado la tercera posibilidad. Conrad Peterson no parecía posible como amante de Daisy, pero como el nombre le resultaba tan familiar decidió echar un vistazo a Internet. Era un notorio coleccionista, pero por lo que se había hecho famoso era por su escandaloso divorcio cuando su mujer lo había encontrado en la cama con… otro hombre.

Robert maldijo mentalmente a Michael. ¿Cómo esperaba que averiguase quién era si no le daba ninguna pista? Entonces se le ocurrió algo. Quizá Ginny sabría algo. Pero no podía llamarla y preguntar directamente… tendría que buscar alguna excusa.

Robert sonrió al recordar la promesa que le había hecho a Daisy.

– ¿Ginny? Soy Robert. Quiero pedirte un favor. Necesito un metro del terciopelo amarillo que llevarán tus damas de honor.

– ¿Y tú cómo sabes lo del terciopelo amarillo? Se supone que es un secreto.

– No se lo diré a nadie, te lo prometo. Pero solo si me das un metro de tela.

– Eso es chantaje. ¿Para qué lo quieres?

– Para darle una sorpresa a Daisy.

– Espero que sea una sorpresa agradable.

– Por supuesto. ¿Puedes llevármelo a la oficina mañana? Te invitaré a un té y te lo contaré todo.

– Lo intentaré, pero espero que tengas una buena razón para pedirme la tela.

La tenía. Sabía que Michael no tenía secretos para Ginny y llevarla a su oficina era parte de su plan para sonsacarla.



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