– ¿Tú crees? -preguntó ella. Daisy maldecía a Janine por haber plantado a Robert dos semanas antes de la boda. Unos meses atrás hubiera agradecido todas esas atenciones, habría disfrutado de la compañía de Robert, pero en aquel momento no creía poder soportarlo sin traicionarse a sí misma. No después de aquel beso.

– ¿No vas a llamar para darle las gracias? -preguntó George-. Estoy seguro de que está esperándolas lado del teléfono.

Daisy estaba deseando que George se fuera para hacer esa llamada, para escuchar la voz de Robert y quizá descubrir la respuesta a la pregunta que la estaba angustiando.

Estaba flaqueando, se dio cuenta sorprendida. Un beso y empezaba a soltar las amarras que ella misma había impuesto en su relación con él. Solo por un beso. Robert tenía por costumbre tontear con todas las mujeres. Ella le había dicho que no dos veces en una semana y, de repente, se había convertido en un reto.

Por eso la había besado, se dio cuenta entonces, furiosa.

Pues ella no pensaba ser una más de su coro de mujeres, ella no pensaba caer rendida a sus pies. Que esperase su llamada.

– ¿Quieres una tarrina de espárragos o prefieres terminar el salmón, George? -ofreció, ignorando la pregunta del hombre.

– Es tu almuerzo. Elige tú -contestó él.

– Prefiero el pollo -sonrió Daisy-. Por cierto, he estado estudiando el catálogo y he marcado los objetos por los que me gustaría pujar y la cantidad que me he puesto como límite. Quizá quieras comprobarlo.

– A ver -dijo George, mirando la lista-. Podrías subir un poco en algunos objetos -comentó, señalando un par de vasijas-. ¿Qué es esto?

– Ah, esa es una pieza que Jennifer Furneval me ha pedido que compre para ella. No te importa, ¿verdad?

– Claro que no, pero te apuesto lo que quieras a que no es original. Te diga lo que te diga, no pagues más de esto -sugirió, anotando una cifra-. Al contrario que tú, Jennifer hace lo que sea cuando quiera conseguir algo.



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