– Dentro de cinco años puede parecer una ganga.

– Sí, ese es el riesgo. Nadie ha ganado nunca nada sin apostar, querida -sonrió George.

– ¿Seguimos hablando sobre porcelana?

– ¿De qué si no? -la sonrisa de George era tan inocente que Daisy casi lo creyó.

– Si veo que es una copia, buscaré alguna otra cosa.

– Mientras consigas las piezas que quiero para la galería, puedes hacer lo que quieras. Por cierto, ¿has conseguido habitación en el hotel?


– ¿Algún mensaje? -preguntó Robert. Durante la interminable comida con sus socios, no había podido dejar de pensar en Daisy.

Mary le dio una nota con sus mensajes y una caja.

– La ha traído una señorita -dijo, mirando su agenda-. Ginny Layton. Muy guapa, por cierto.

– Maldita sea, quería hablar con ella.

– Ha dicho que lamentaba mucho perderse el té y que te llamaría más tarde -dijo su secretaria, con una sonrisa de complicidad.

– No sé si te habrás fijado, Mary, pero la señorita Layton lleva un enorme anillo de diamantes que pronto la convertirá en señora Galbraith, la mujer de mi mejor amigo -explicó él, mirando las notas-. ¿No me ha llamado nadie más?

– Nadie -confirmó la joven-. Estás perdiendo tu toque, Robert. ¿Cómo se llama?

– Daisy Galbraith -contestó él, sin pensar-. Es una amiga de toda la vida -explicó-. De verdad -añadió, cuando vio la expresión incrédula de su secretaria-. Deja de mirarme con esa cara y ponme con mi madre.

– ¿Tan serio es?

Robert se dio cuenta de que Mary estaba dispuesta a tomarle el pelo.

– Mi querida Mary, yo nunca me tomo estas cosas en serio -sonrió. Pero era cara a la galería, por dentro no estaba seguro de nada-. Envía esta caja a mi sastre, ¿quieres? La está esperando.

– ¿Terciopelo amarillo?

– ¿La has abierto?

– Por supuesto -contestó ella, esperando una explicación.

– Es tela para un chaleco. Voy a ser el padrino en la boda de mi mejor amigo y he pensado que podía quedar gracioso un chaleco de la misma tela que los vestidos de las damas de honor.



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