
Y quizá era lo mejor.
Pero, en lugar de alegrarse, Robert sentía por primera vez en su vida ganas de llorar. Él era como su padre, incapaz de comprometerse con una sola mujer. Y la necesidad de proteger a Daisy de un corazón roto, teniendo en cuenta el egoísmo de su propio corazón, le parecía de repente grotesca.
Le confesaría que tenía una habitación reservada, se quedaría a la subasta y la llevaría de vuelta a Londres al día siguiente. Ella no se merecía menos. Y después, no volvería a verla hasta el día de la boda. Esperaba que Fiona o Maud o Diana fueran suficiente distracción. No tardaría mucho en olvidarse de Daisy, pensaba amargamente.
– Quiero reservar una mesa para dos -dijo en recepción.
– ¿A las ocho o a las nueve, señor?
– A las ocho… -contestó él. En ese momento, una mujer empezó a gritar a su lado.
– ¡Tienen que tener alguna habitación libre! La que sea, no me importa. Mi coche se ha estropeado y no hay posibilidad de que lo arreglen antes de mañana -decía la mujer, empapada y nerviosa-. ¿Dónde voy a dormir?
– Puede quedarse con mi habitación, señora -se ofreció Robert-. No hay problema. Yo dormiré en la habitación de una amiga -añadió, al ver la expresión de sorpresa de la recepcionista.
Al menos, su buena acción redimía la mentira que le había contado a Daisy.
Cuando llegó a la puerta de la habitación, que ella había dejado sin cerrar, escuchó el sonido de la ducha y llamó con los nudillos para hacerla saber que estaba allí.
– ¿Quieres una copa?
– Sí, gracias -gritó ella desde el baño-. Saldré dentro de un minuto.
– No hay prisa.
Robert encontró una botellita de coñac para Daisy y una de whisky para él en el minibar. Estaba muy ocupado observando la lluvia cuando ella salió del baño.
– ¿Para mí?
– Coñac, para calentarte un poco -sonrió él. Daisy llevaba el pelo envuelto en una toalla y otra la cubría desde las axilas hasta los pies-. He reservado una mesa a las ocho, así podrás irte pronto a la cama -dijo, poniéndose colorado de repente-. Como estás tan cansada…
