
¿Por qué tenía que perder la cabeza después de tantos años?
Antes de que pudiera responderse a sí misma, se miró al espejo y sintió un escalofrío. Demasiada pierna, demasiado de todo.
La idea de volver a bajar al vestíbulo la llenaba de vergüenza. Quizá podrían cenar en la habitación, pensaba. Pero eso sería peor. Significaría pasar toda la noche a solas con Robert en un dormitorio. ¿Qué harían? ¿De qué podrían hablar? Tendrían que cambiarse para irse a la cama… y Daisy estaba segura de que Robert no usaba pijama.
Si cenaban en el comedor, al menos estarían rodeados de gente y… si se daba prisa, estaría apropiadamente vestida antes de que él volviera a buscarla, pensó entonces.
Se quitó el batín y miró en el armario, pero no había mucho donde elegir. Se habría puesto los pantalones que llevaba por la mañana, pero se había metido en un charco y estaban manchados de barro hasta la rodilla.
De modo que solo le quedaba el traje que George le había aconsejado que se pusiera para dar buena imagen en la subasta.
¿Buena imagen? Menuda imagen acababa de dar, pensaba, irritada consigo misma, mientras se metía en la ducha.
Robert estaba prácticamente en estado de shock.
Había dejado la habitación de Daisy sintiendo un peso en el corazón, pero cuando escuchó su voz en la escalera y la había visto con las piernas desnudas, envuelta en el batín de seda roja, con aquella carita… en fin, la mayoría de los clientes de Warbury también se habían quedado en estado de shock. Pero para Robert no habían sido el batín, ni las piernas, había sido la alegría de que hubiera cambiado de opinión.
Y después, la sensación de bajada al infierno al recordar las palabras de Michael: «Está enamorada de un hombre hace tiempo». Quizá no había podido acudir aquella noche. Pero, definitivamente, había un hombre en su vida.
