
– Pero podría ser auténtico -insistió ella. A veces se habían encontrado platos antiquísimos que un propietario despistado usaba para dar de comer a los perros.
– Es cierto. Pero no dejes que tu deseo de gloria nuble tu sentido común.
– ¿Crees que debería olvidarme del asunto?
– Me temo que sí, Daisy. Eres una profesional, no una buscadora de saldos.
– ¿Y si tengo razón?
– ¿Para qué me llamas? No puedo autentificar una pieza de porcelana china por teléfono. Usa tu buen juicio.
Daisy no quería su opinión sobre la autenticidad del plato. Ese no era su dilema. Sabía lo que había visto.
– ¿Crees que debo decírselo a la casa de subastas?
– Podrías hacerlo -dijo George.
– Pero no me lo aconsejas.
– Si tienes razón, se sentirán como unos idiotas. Y si te equivocas, se reirán de ti. A costa de la galería Latimer.
– Pero, ¿y el vendedor?
– Tú eres una compradora de antigüedades, Daisy. Si los subasteros no han encontrado nada interesante, es su problema.
– Lo sé, pero…
– El barón Warbury ha heredado el talento de su familia para tirar el dinero, de modo que lo que saque de la subasta irá a parar donde siempre, al casino -la interrumpió George-. ¿Los objetos que habíamos seleccionado están en buenas condiciones?
Después de discutir sobre el asunto durante unos minutos más, se despidieron y Daisy se dio cuenta de que había conseguido lo que quería. Dejar de pensar en Robert. Pero la negativa de George la había hecho sentir inmadura y poco profesional.
Daisy se quitó la toalla del pelo. Compraría el plato de porcelana, dijera George lo que dijera. Si cometía un error, lo vendería por el mismo precio y si el plato era genuino… nadie se enfadaría y ella habría encontrado un tesoro.
