
Estaba en ropa interior, pintándose los labios cuando oyó que la puerta del baño se abría.
– ¿Estás decente?
Desde luego que no, pensaba Daisy. Había pensado estar vestida de pies a cabeza y preparada para bajar a cenar cuando Robert saliera del baño, pero él se habría reído de su timidez y, después de la discusión con George, no tenía ganas de volver a poner en tela de juicio su madurez.
– Comparada con mi reciente aparición en el vestíbulo, diría que probablemente estoy más que decente -dijo por fin, volviendo la cabeza. Robert estaba apoyado en la puerta, con una toalla alrededor de la cintura y… nada más. Ni siquiera una sonrisa. Tenía el pelo mojado y un resto de espuma de afeitar en la barbilla que daba a su presencia en la habitación una intimidad turbadora. Hacía mucho tiempo que no veía a Robert sin camisa y se dio cuenta de que el tiempo lo había mejorado. Su torso era más fuerte y estaba cubierto de un suave vello oscuro. Sus hombros eran más anchos y sus brazos fibrosos. Daisy se quedó boquiabierta-. ¿Qué pasa? -preguntó, cuando pudo encontrar la voz.
– No se me había ocurrido pensar que usarías ropa interior negra.
– ¿No? -intentó sonreír ella-. Pues mira, a mí nunca se me ha ocurrido pensar cómo es tu ropa interior.
Pero sí lo había pensado. Lo imaginaba en calzoncillos cortos, o esos ajustados de Calvin Klein que no dejan nada a la imaginación. Lo había imaginado con todos los modelos posibles.
Daisy se dio la vuelta para terminar de pintarse los labios y después se dirigió al armario. Sabía que Robert la estaba mirando y tuvo que hacer un esfuerzo para no temblar mientras se ponía la falda.
Era muy corta. Demasiado corta. Daisy se puso la chaqueta a toda prisa, pero seguía sintiéndose incómoda y decidió tomarse la copa de coñac de un trago para darse valor.
