
La boda, pensó, desesperado. Podrían hablar de la boda. Oh, no, de eso no. No quería hablar sobre algo que él no podría tener nunca. Lo que hasta aquel momento, nunca había querido.
Tenía que encontrar un tema de conversación que fuera neutral, se decía. Respirando profundamente para darse valor, Robert salió del cuarto de baño.
– Si voy a ir a la subasta mañana, tendrás que educarme -dijo, poniéndose la chaqueta-. No quiero salir de allí mañana con un loro disecado bajo el brazo.
– ¿No dices que ya has estado en una subasta? -rió Daisy, abriendo la puerta.
– Sí. Pero tenía siete años y mi padre me obligó a ir con él.
– ¿Tu padre? -dijo ella, sorprendida-. ¿También era coleccionista? Tu madre nunca me ha hablado sobre él.
– Es historiador. Historia social en concreto. Ya sabes, de los que meten las narices en la vida de familias que han vivido en el mismo sitio durante generaciones.
– Ah, no lo sabía -murmuró Daisy. Robert nunca había mencionado a su padre y la sorprendía que lo hiciera en aquel momento-. ¿Y qué hacía en una subasta?
– Había ido a comprarle un regalo a mi madre.
– ¿Y te aburriste?
– No -contestó él. Con tal de tener a su padre para él durante todo un día, la subasta había merecido la pena-. Además, me invitó a comer y me dejó beber un poquito de vino.
Además de tontear con todas las camareras, recordó entonces Robert con amargura.
– ¿Lo ves a menudo?
– Solo cuando le van mal las cosas. Entonces me llama e intenta persuadirme de que interceda por él frente a mi madre.
– ¿Y lo haces?
– ¿Para qué? Mi padre nunca ha sido capaz de interesarse por una sola mujer. Si tanto le importase lo intentaría él mismo -contestó Robert, volviéndose hacia Daisy cuando estaban a punto de llegar al vestíbulo. ¿Era su imaginación o parecía más alta? Cuando miró hacia abajo, vio que no se había equivocado. Ella se había puesto unos tacones altísimos.
