
Robert abrió la bolsa de viaje que había sobre su cama y sacó una camisa burdeos, una corbata… Daisy contuvo el aliento, mirándolo de reojo. Sus calzoncillos eran de color blanco, pequeños.
Con su ropa en la mano, Robert entró en el baño y cerró la puerta.
A solas, Robert tuvo que ahogar un gemido. Debía de haber estado ciego. O loco. O las dos cosas.
¿Qué había estado haciendo él mientras Daisy crecía? ¿Por qué no había notado cuánto había cambiado?
Quizá no había querido verlo.
Por un lado, estaba la simpática Daisy, su amiga, a la que había ido a rescatar de los brazos de un indeseable. La chica que siempre comía con él cuando estaba triste, la que se sentaba a la orilla del río, la que nunca se tomaba en serio a sí misma. Pero, aparentemente, había otra Daisy.
Elegante, distante y sexy como un pecado. La mujer que estaba frente al espejo pintándose los labios sabía exactamente lo que estaba haciendo. Era una mujer con una piel preciosa, una cintura estrecha y pechos pequeños pero altos que, por primera vez, no estaban escondidos bajo metros y metros de tela sino claramente definidos debajo de un encaje negro casi transparente.
Era una mujer con un amante secreto, que no necesitaba que nadie la protegiera de nada.
Le temblaban las manos mientras se vestía. No debería estar allí. Pero había cedido su habitación y, a menos que estuviera preparado para volver a Londres bajo una lluvia torrencial, tendría que quedarse. Aunque quizá la lluvia era más segura, pensaba.
Un relámpago, seguido de un trueno que hizo retumbar la ventana emplomada del baño le hizo reconsiderar la idea.
Hasta entonces, Robert nunca había tenido que pensar de qué hablaría con Daisy. La conversación siempre surgía de forma natural. Pero, en aquel momento, no se le ocurría nada. ¿Cómo podrían hablar de cosas triviales si su mente no dejaba de dar vueltas sobre aquella nueva Daisy?
