
– ¿Quiere la lista de vinos, señor?
– No. Traiga una botella de champán, Bollinger si es posible -dijo Robert, mirando el menú-. Tomaremos pastel de setas y trucha a la plancha.
– Perdona, pero prefiero elegir mi propia cena -dijo Daisy cuando el camarero desapareció.
– Eres una rubia tonta, ¿recuerdas? A las rubias tontas les gusta que elijan por ellas. Créeme.
– Te creo -murmuró ella, poniéndose colorada.
– Y no se ponen coloradas -añadió él, disfrutando cuando el rojo de las mejillas de Daisy aumentó de intensidad.
– Eres muy gracioso.
Robert, a pesar de todo, estaba empezando a disfrutar de la noche. La conversación tenía un filo inusual, peligroso. Estaban probándose el uno al otro y eso lo hacía sentir excitado. Y el champán aumentaría la tensión. El camarero abrió la botella con maestría, pero el sonido del corcho hizo que varias cabezas se volvieran.
– Ya tienes tu champán -dijo él-. Ahora tenemos que brindar.
– Por mi éxito en la subasta de mañana -brindó ella.
– Vas a necesitar algo más que una falda corta y un par de tacones para que crean que no tienes nada en la cabeza.
– Eso es lo que tú crees -replicó Daisy-. ¿Brindamos por un tesoro a precio de saldo?
– Brindemos mejor por una caja llena de tesoros a precio de saldo.
– Eso sí que es imposible. Pero también lo es la lotería y eso no impide que George y yo la compremos todos los sábados.
– ¿Y qué harías si te tocase?
– Tomaría un barco y me iría a China y a Japón.
– ¿En barco? Tardarías meses.
– Es que me dan miedo los aviones.
– No lo puedo creer.
– Pues me dan miedo -se encogió ella de hombros. Los aviones y Robert Furneval eran sus dos grandes terrores-. Si me tocase la lotería compraría algo muy antiguo y precioso y lo regalaría al Museo Británico. Y a ti te compraría una caña de pescar nueva. ¿Y tú?
