– Yo no compro lotería.

– No importa. Es solo una fantasía. Así que fantasea un poco.

Robert lo intentó. Tenía que querer algo, algo tan difícil que necesitaría millones para conseguirlo. Pero solo había una cosa que quería, que deseaba de verdad. Y no lo había sabido hasta aquella noche. Era la habilidad de amar a una sola mujer con todo su corazón, para siempre… pero eso no podía comprarse con dinero.

– Una isla tropical -dijo por fin. Ella hizo una mueca-. Un club de fútbol… -la desilusión en los ojos de Daisy era patente. Pero no podía decirle la verdad-. Esto no es justo. Tú has tenido tiempo de pensarlo.

Robert estaba mintiendo. Daisy había visto algo en sus ojos; quería algo, necesitaba algo tan desesperadamente que no podía ponerlo en palabras. O tenía miedo de hacerlo.

– Otro día me lo dices -sonrió.

Normalmente, los silencios entre ellos eran agradables. Pero aquella noche el sonido de los cubiertos parecía incrementar la tensión.

Y no era un problema de palabras. Robert tenía el corazón lleno de palabras, todas deseando salir de su boca en una desesperada declaración de amor. Pero si lo hiciera Daisy no lo tomaría en serio. Peor que eso, se sentiría ofendida. Además, estaba enamorada de otro hombre.

– A ver si esto te vale -dijo, pensativo-. Si ganase la lotería, compraría los derechos de pesca de un río en Escocia y una pequeña casita en la orilla. Y un par de cañas. Una para ti y otra para mí.

– No puedes engañarme, Robert Furneval -sonrió ella, mirándolo a los ojos-. Solo me quieres a tu lado para que haga los bocadillos.

– Es verdad. Haces unos bocadillos estupendos -murmuró Robert, tomando su mano-. ¿Vendrías conmigo, Daisy?

– Gana la lotería y después pregúntame. Pero date prisa. Si yo gano primero, me subiré a ese barco y…

– Pero bueno, ¿qué es esto? Robert Furneval y Daisy Galbraith de la mano. Y bebiendo champán. ¿Hay algo que no le habéis contado al viejo Monty?



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