– Ponte uno de esos sujetadores que levantan… bueno, ya sabes, hacia arriba.

– Pues como no sea una grúa.

Robert no se lo discutió. El muy grosero.

– No te preocupes, Daisy. Lo pasaremos muy bien.

Ella le regaló una sonrisa irónica.

– Seguro que tú sí. Con tanta dama de honor…

– Ya no me interesan las mujeres.

– Robert, no te aguanto.

– Bueno, ve a probarte el vestido y el sábado me cuentas qué tal.

– ¿El sábado?

– Hay una fiesta en casa de Monty. Iré a buscarte a las nueve.

A Robert nunca parecía ocurrírsele que ella pudiera tener otros planes y, por un segundo, Daisy se sintió tentada de decirle que había quedado. Pero había un problema. En toda su vida, nunca había estado ocupada para él.

– Mejor a las nueve y media -dijo, solo para hacerse la dura.

– ¿A las nueve y media? -repitió él, sorprendido.

– No, mejor a las diez.

– Ah, muy bien -murmuró Robert. El tono de sorpresa era suficiente como para alegrar su corazón-. ¿No me digas que tienes novio? Tú eres mi chica.

– De eso nada. Soy tu amiga. Pero pensaba ir a la fiesta de Monty de todas maneras y me viene bien que vayas a buscarme -sonrió ella. Después de causar una pequeña conmoción en el bien ordenado mundo de Robert, Daisy puso la mejilla para que él la besara, castigándose a sí misma con el roce de los labios masculinos, que la hacían sentir cosas que no podrían publicarse. Sería fácil prolongar el abrazo, tan fácil como haber prolongado el almuerzo con café y postre. Pero el papel de hermana pequeña tenía sus limitaciones; demasiado contacto con Robert y estaría subiéndose por las paredes durante toda la tarde. Además, mantenerlo a distancia era posiblemente la razón por la que Robert no se aburría de ella-. Gracias por la comida. Nos vemos el sábado -añadió rápidamente, dirigiéndose hacia la puerta del restaurante.



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