
– ¿Qué sabes tú de mis piernas? -replicó ella.
– Nada. Aunque acabo de recordar que tienes las rodillas huesudas. Supongo que es por eso por lo que nunca las enseñas. Pantalones, faldas largas… -sonrió el hombre con aquella sonrisa de niño malo. Aquella sonrisa que siempre la ablandaba y la reducía a gelatina, destrozando su decisión de dejar de ver a Robert Furneval para siempre-. ¿No querrás que mienta, diciendo que estarás maravillosa de amarillo? -preguntó. Pues no estaría tan mal que la mintiera de vez en cuando, pensaba Daisy. Aunque fuera una sola vez. Pero ellos nunca se habían mentido-. Somos amigos. Y los amigos no tienen que mentirse.
Sí, eran amigos. Daisy lo sabía.
Robert no le regalaba rosas, pero tampoco la dejaba después de un par de meses. Eran amigos de verdad. Y ella sabía que, si quería seguir formando parte de su vida, tendría que seguir siendo así.
Daisy sabía cosas sobre Robert que ni siquiera sabía su hermano. Ella siempre lo escuchaba y estaba a su lado cada vez que rompía con alguna de sus interminables novias… para comer, o como pareja en las fiestas. Mientras no se engañara a sí misma esperando que él la acompañara a casa después…
Aunque Robert nunca la dejaba abandonada. Siempre encontraba algún acompañante para ella y después la tomaba el pelo sobre sus «novios».
– ¿Verdad?
– ¿Qué? -preguntó ella, confusa-. Ah, ya. No, los amigos no se mienten. Y no quiero que tú me mientas nunca -dijo, mirando su reloj-. Bueno, ahora tengo que someterme a la indignidad de probarme el traje de pato. Tienen que arreglar… bueno, ya sabes -explicó, haciendo un gesto sobre su pecho-. Es de estilo imperio, y las demás chicas tienen escote suficiente, pero yo no.
