
– Entonces, se lo regalaremos los dos. ¿Quieres venir a comer a casa el domingo? A menos que estés ocupada, claro -dijo Robert. Daisy lo miró con los ojos exageradamente abiertos-. ¿Qué?
– Es la primera vez que me preguntas si estoy ocupada. Siempre pareces creer que estoy dispuesta a salir contigo.
¿Realmente era tan insensible?, se preguntaba Robert. No volvería a serlo, se prometió a sí mismo.
– Es que me gusta salir contigo -sonrió-. ¿Quieres venir?
La verdad es que me encantaría ver la cara de tu madre cuando abra el regalo -dijo ella, pensativa-. Pero no vengas a buscarme a las siete de la mañana. El sábado por la noche es la despedida de soltera de Ginny y supongo que no estaré de muy buen humor.
– Nosotros hacemos la despedida de Michael el viernes.
– Espero que no os arresten. Ginny te estrangularía.
– No te preocupes. Aún no he perdido ningún novio -dijo él, en la puerta, recordando el tierno beso de despedida de la última vez. Pero habían ocurrido muchas cosas desde entonces y, como dudaba, Daisy lo besó en la mejilla antes de cerrar la puerta.
Despedir a Robert y tener ganas de llorar se estaba convirtiendo en una costumbre, pensaba Daisy, tocándose la frente con dedos temblorosos.
Cuando se despedían había estado segura de que él recordaba el beso de la última vez.
Ridículo, por supuesto. ¿Por qué iba a acordarse?
Daisy cerró los ojos y un suave gemido escapó de su garganta.
¿Y cómo podría ella olvidarlo?
El teléfono empezó a sonar entonces. No quería hablar con nadie, pero se obligó a sí misma a tomar el auricular, fijándose en que había seis mensajes en el contestador.
– ¿Dígame?
– Hola, Daisy -dijo su madre-. ¿Dónde estabas? Te he llamado un par de veces.
– Hola, mamá. Acabo de llegar de Warbury.
– ¿Qué tal la subasta?
– Bien. He conseguido todo lo que quería. Oye, mamá, tengo que ducharme, ¿puedo llamarte más tarde?
