
– ¿Qué es? -preguntó Robert. Había subido la caja al apartamento de Daisy y estaba mirando una pieza no particularmente atractiva que ella sostenía en la mano.
– Un plato Kakiemon del siglo XVII.
– Lo dirás de broma.
– No -contestó ella-. No he podido estar segura al cien por cien hasta que lo he tenido en la mano, pero eso es lo que es.
– ¿Y no lo querrá George Latimer?
– George tuvo su oportunidad, pero pensó que yo estaba alucinando. Además, tú has pagado por la caja y el plato es tuyo.
– ¿Por qué no me lo habías dicho?
– Porque podría haberme equivocado. Aunque, en ese caso, te habría devuelto el dinero y le habría vendido la caja entera a un amigo que colecciona chucherías.
– Por cierto, ya que hablamos de pagar cosas, quiero pagar la mitad de la factura del hotel -dijo Robert. Habría pagado la factura entera, pero sabía que Daisy no lo aceptaría.
– No hace falta. La he cargado a la galería -sonrió ella-. Y no me han cobrado ningún extra. La recepcionista me ha dicho que, en esas circunstancias, no era necesario. ¿Qué ha querido decir?
Robert le puso un dedo entre las cejas.
– No frunzas el ceño -murmuró. Tenía que distraerla de alguna forma y se inclinó para besarla en la frente. Los ojos grises de Daisy se oscurecieron y, durante una décima de segundo, Robert tuvo la impresión de que lo único que necesitaría para que todo fuera diferente sería decir las dos palabras más preciosas del mundo. Desgraciadamente, sabía que ella no lo creería.
– Déjame, tonto -sonrió Daisy, tocándose la frente con manos temblorosas.
– Tengo que irme -dijo Robert, tomando el plato japonés-. ¿Puedes envolver esto con algo? No quiero romperlo.
– Déjalo aquí. Tengo que limpiarlo.
– ¿Seguro que no quieres quedártelo?
– No. Me encantan estas cosas, pero no siento ningún deseo de poseerlas. Pensaba regalárselo a Jennifer de todas maneras.
