– ¡Claro que tengo un problema! Yo no puedo cuidar a un bebé.

– ¿No puedes cuidar a tu propia hija? Silencio.

– Mi hija -Tom dijo las palabras despacio, como si fueran mágicas. El pánico desapareció, pero fue reemplazado por el desconcierto.

– Es tu hija -repitió Annie-. Me di cuenta mucho antes de ver la nota. A veces el parecido entre padre e hijo habla por sí solo. A menos que tuvieras la certeza absoluta de que no puedes ser el padre, yo no perdería el tiempo en hacerme una prueba de ADN.

– Pero fue sólo una noche -Tom agitó la cabeza como si tratara de despertarse-. Debió de ser después de aquella maldita fiesta… No había salido desde hacía mucho. Bebí demasiado. Melissa no hacía más que servirme aquel maldito licor. Me llevó a casa y allí… ¡Maldita enfermera! Fue ella la que me obligó a que la embarazara.

– Puedes estar todo lo furioso que quieras con Melissa -dijo Annie-. Pero la niña que tienes en brazos no es culpable de nada y es tu hija. Necesitas tomar una decisión.

Tom- la miró horrorizado.

– ¡Yo no sé qué hacer! ¡No puedo cuidarla!

– ¿Por qué no?

– Porque…

– Todo lo que necesita es que le den de comer y que le cambien el pañal. Soy yo la que está de guardia esta noche, así que nadie te va a molestar. Te puedes dedicar en cuerpo y alma a ella.

– ¡Admitidla en el hospital!

Annie se negó.

– La niña no está enferma. El hospital está muy tranquilo. No hay ningún otro niño, tú lo sabes, y con el dinero que recibe el hospital no podemos permitirnos gastos innecesarios. ¿Esperas que llame a Helen, que despierte a alguien en mitad de la noche para que cuide a tu bebé?

– ¡No es mi bebé!

– ¿Y entonces de quién es? -le preguntó indignada-. Eres la única familia que esta personita tiene en el mundo.

– Annie… tienes que ocuparte de ella.

¡Aquello ya era demasiado!

– Tom, yo me voy a la cama -le dijo-. Helen te dará leche y pañales para toda la noche. Sé algo de procedimientos de adopción. Si quieres, mañana te lo cuento.



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