
– Annie, detente ahora mismo -exigió Tom sin conseguir nada-. No eres un maldito doctor de guardia, eres mi amiga.
Ella se volvió.
– Y como amiga quieres que me responsabilice de tu hija hasta que decidas qué hacer con ella.
– Sí -dijo Tom-. Eso es exactamente lo que quiero que hagas. Tú sabes de niños… Yo no he hecho nada.
Annie estuvo tentada a aceptar la oferta. Pero, por una vez, el sentido común prevaleció. Ya estaba bien.
– Sí, si lo has hecho, Tom. Eres el padre de esta criatura. Ella necesitaba un papá y te tiene a ti. Bienvenido a la paternidad, doctor McIver. Por primera vez tiene usted responsabilidades, suyas, no mías.
– Pero Annie…
– Buenas noches, Tom. Cuida de tu hija. Yo me voy a la cama.
Capitulo 2
Le había resultado más sencillo de lo que esperaba decirle a Tom que la niña era responsabilidad suya. Pero, otra cosa muy distinta era dejar de preocuparse.
Annie no tenía más remedio que reconocer que la niña le había derretido el corazón.
Se fue a su habitación y se desvistió.
¿Qué había hecho Melissa? Había seducido a Tom y después le había dejado el paquete a la puerta, como si se tratara de un kilo de chuletas de oferta. Sencillamente, no quería el regalo de una noche de desenfreno. Más aún, lo había incitado a dejarla embarazada. No se había tratado, ni siquiera, de algo accidental.
Annie se miró al espejo. Si hubiera sido ella la privilegiada, si el niño hubiera sido suyo… Si Tom le hubiera hecho el amor.
Cerró los ojos y, al abrirlos de nuevo, su imagen le dijo con total honestidad que sus esperanzas eran vanas.
Era demasiado bajita, los ojos demasiado grandes para su cara y la cara llena de pecas. Eso, sin contar una nariz excesivamente respingona.
