
– ¿Provisional? ¿Por qué no se la pueden dar a los padres adoptivos de inmediato?
– Porque hay un período de adaptación de seis semanas. Tanto tú como Melissa tenéis que estar de acuerdo entonces y se considera que seis semanas es el período mínimo imprescindible para que los padres recapaciten sobre lo que van a hacer.
– ¡Qué cantidad de problemas!
– Los bebés son algo complicado en sí. Son personas. Tu hija, por pequeña que sea, tiene los mismos derechos que tú, Tom McIver. A pesar de lo que Melissa ha hecho, esta pequeña merece algo más que ser tratada como un desperdicio que nadie quiere.
– ¡No hace falta que te pongas así! Lo que busco no es desprenderme de ella a toda costa y a toda velocidad…
– ¿Seguro?
Hubo un silencio. Duda.
Tom suspiró.
– No sé, estoy realmente confuso -dijo honestamente. Miró a la pequeña y le tocó suavemente la nariz. Ella ni se inmutó-. Eso quiere decir que mi hija tendrá que pasar seis semanas en un hogar provisional.
«Mi hija»… Aquella expresión estaba cargada de dolor.
– Las familias adoptivas son cuidadosamente seleccionadas, Tom -le dijo Annie.
– Lo sé, pero… -se quedó en silencio.
El bebé seguía dormido. No se había movido ni aún cuando Tom se había incorporado para beberse el té.
– Ni siquiera tiene nombre -dijo Tom tremendamente dolido-. Tiene seis semanas de vida y carece de nombre.
– Pónselo tú -dijo Annie.
– Si se lo pongo yo…
– Ya. Entonces no tendrás más remedio que quedarte con ella -Annie trataba de no transmitir nada, ni emoción, ni opinión…-. Tom, sé que todo esto ha sido un verdadero shock para ti. Pero o te desvinculas de ella y se la entregas a gente que la puede cuidar y amar o vas a tener que empezar a tomar decisiones.
– ¿Decisiones?
– Sí. Por ejemplo, si quieres o no ponerle un nombre, si quieres verla cuando vaya creciendo.
– Si la viera, sabría que no la había querido, que la había entregado a unos extraños.
